viernes, 18 de mayo de 2012

escuchar grillos me hizo polvo (de goo y el amor)






RECUERDO QUE ADEMÁS EN EL PUEBLO DE MI INFANCIA escuché grillos. Una especie de coro que me descolocó. Eran miles, millones debajo de las hojas, del pasto seco. No se veían nunca. Sólo salían a sonar por las noches. Dicen que refriegan las patas. Eso es lo que suena de forma tan desmedida, el sonar de las patas traseras que las frotan, como si se estuviesen calentando la espalda, las rodillas, la cola.
Sonaba el pasto seco y abajo había miles de grillos. Pocas luces, en esos días aún no llegaban todos los veraneantes.
Se paró una camioneta al frente de casa. Atrás venía un caballo.
Una mujer miraba el pasto seco. Tal vez buscaba los grillos. Sacó tres baldes con agua, una llave de cuatro largas puntas. Se acercó al grifo amarillo que está en la esquina de casa, lo abrió, puso agua en los baldes, caminó hacia la camioneta, bajó al caballo que venía detrás y le comenzó a dar agua.
Todo eso me hizo polvo. A la mañana siguiente partí a buscar los cochayuyos y cortarlos en pedazos de pequeños amores que lancé al mar. Quería que se los llevase todos.

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