martes, 27 de diciembre de 2011

darle más naturalidad a un libro y no esos vozarrones que parecen gárgaras (¿yo?)





PARECIERA QUE ESTE LIBRO no fuese a terminarlo. Al principio le quise poner el amor. Luego lo cambié por conjunto vacío, luego por el congreso del amor. Ahora ya no sé cómo decirle, ni lo que pretende llegar a ser.
Han pasado demasiados años y estoy sentada nuevamente en la misma habitación que me vio (o que yo vi) cuando comenzaba a escribir mi primer libro. Me duele de igual forma la rodilla que desde hace más de 15 años atrás. Ensayo varios finales, ninguno me convence y temo que ninguno va a convencerme.
Le dije a R. qué le parecía este libro. Me dijo que no cambiara nada, ni una palabra, pero no pude, fui y estoy agregándole párrafos y párrafos, atacando la posible estructura que tuvo en algún momento. Dándole otra forma, en cierta medida fui vistiendo al libro de capas y más capas. Está irreconocible. Quiero acabarlo. Podría podarlo como otros, pero ya no puedo ni siquiera hacer eso, sólo pienso en llenarlo de más y más información y esperar que en ese todo salga el final esperado.
Se me suele mezclar la escritura con el sentimiento de lo amoroso. Van de alguna forma de la mano. Si uno está, está el otro, si no está del todo, tampoco está. A veces son indirectamente proporcionales.
Incluso pareciera que a cada instante comienzo a escribir un nuevo libro con cada hombre que aparece.
Un viaje largo podría darme varias formas, alguna señal de los finales.
Pienso que debería agarrar mi maleta nuevamente. Los finales los podría encontrar en ese viaje que siempre he soñado.
No puedo detenerme muchos días en un sitio. Siento la falta de seguridad. El hastío, la rabia, el odio, y huyo de la ciudad de mi adolescencia.
Hoy pienso como nunca en los finales de los libros. Antes me daba vuelta la ideal de comenzar. Hoy intento acabar alguno. Me pican los ojos, tengo alergia. A mi habitación no llega la red. Un hombre me envía cartas inconclusas a mi correo.
Pienso en el final de un libro como el comienzo de un estado amoroso.
No sé identificar el final de un libro ni tampoco los finales amorosos, los cortes, sus estados.
 Mis vecinos chillan, los perros ladran, suena el teléfono, el gmail parpadea, intento acabar este texto. ¿Me irá a escribir nuevamente?
Quiero acabarlo, lo comencé hace meses. Tal vez incluso un año. Quiero acabarlo, me persigue la idea de que no lo acabaré. Que no lo volveré a ver.



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