miércoles, 16 de enero de 2008

autoficción


ayer, hoy, hace unos dos días (diría una semana) que estoy herida de beckett. dejé de ir sola al supermercado para aventurarme tras unas latas de atún y cebollas. dejé de postear mi blog, a pesar de que con iván humanes ya hemos tirado los dados (dadoroto.com). seguro. si dijera allí hay una salida, en alguna parte hay una salida, lo demás llegaría. ¿qué espero pues para decirlo, creerlo? y ensayado con salvador los últimos fragmentos de nuestro modelo para desarmar todo. herida. porque no los sabía y algunos apelarán que ahora mismo me autoficciono. pero no. no sé autoficcionarme ni meta, ni intro menos. no, hombre, no sé hacerlo. no leo los pasquines de moda. aunque quieras. pero no estoy jugando. y tampoco sé para qué te lo repito a ti en esta habitación de tres metros cuadrados. cuando pienso, no, no va bien, cuando vienen los que me han conocido…ya no sé más, no tenía que haber empezado. cambiemos el giro: digo, aunque en los pasquines de fin de semana circulen dudosas interpretaciones de mi paradero. como que habito animales y arcas y antologías pasadas y futuras. nadie me lo advirtió. tal vez sí. algunos amigos. enemigos ahora se esconden y escinden en las sábanas de sus hogares. con sus bellas y despampanantes mujeres. ¿y yo qué? desde este mismo instante. iván, incluso me dijo cuidado. no quiero que te suceda lo mismo que a mi. y labbé a veces me dijo que lo dejara. ¿dejar a beckett? me gusta más que joyce, ¡hombre! lo siento, entonces. lo post, de posteriores. en pie al amanecer aquél día, yo era joven entonces.¿y qué me dices ahora? ¿acaso estarás cuando esté leyéndolo, cuando acabe? y así, no sé autoficcionarme y hago el siguiente ejercicio en una esquina de mi dormitorio o caminando hacia mi trabajo, pero debo tomar el metro, sumergirme adentro cada mañana ¿lo sabías? y no es grata esa oscuridad y encierro. para hacer algo bueno, voy a dormir. para poder decirme, oírme decir, un poco más tarde, he dormido, ha dormido, pero no habrá dormido, o entonces es que duerme. es que me despierto de madrugada, a media noche. y también tengo algunas pesadillas. y quiero autoficcionarme y no sé hacerlo. ¿escuchaste? autoficción o autobiografía. es igual, dije. dijeron ellos. ¿quiénes? hay alguien seguro leyendo todo esto. no dejes que lean. no sé si estoy sola. fue la cafeína. su sobredosis. ¿o las pastillas para dormir? déjalas, me dijiste tú, tanto tiempo. pero yo ya estaba adicta. ¿lo sabías? qué va, le bajaste el perfil. ¿y quién te dijo que debes entenderme ahora? si ya dije lo que quería decir, claro como el agua. nadie me dijo que todo sería tan cutre. tengo veintiocho años. se las arreglará como ayer, como se las arregló ayer, para soportar ayer. qué claridad,¿cómo me las arreglaré mañana, cómo me las arreglé ayer? dije beckett y no clarice ni wilcock ni breat easton ellis, ni chuck ni oates. ¿para qué? no me sirven de nada, finalmente. estabas ahí leyendo los pasquines con un cigarrillo en la mano. creyéndotela, hombre. te pagaban por colaboración y después decías que eras independiente y no pensabas en veinte años después. oh, sí, perdón: sólo en lavarte la cara y las manos y el culo. pero joder, ¿a quién le digo esto ahora? tengo veintiocho años. estoy sola. aunque te lo diga, no dices nada. cierras el hocico. y sabes que después alguien me escondió las pastillas para que dejara la adicción y me comportara. pasé cinco días deambulando entre farmacias. tiraste algunas frases de laboratorio. y yo seguía con que la noche llega y que ya es hora de ponerse manos a la obra. y tú ensayabas mentirillas de supermercado para enviarla al día siguiente al pasquín de los asesinos. te voy a decir una cosa, dije bien en alto. pero no dije nada. te voy a decir una cosa, repetí. pero no dije nada. y seguí así, así, leyendo a beckett. y me miraste por entre el periódico que yo usaba para envolver el pescado y me dijiste que no importaba, que me durmiera, que la cortara. hombre, ¡si estoy cagada de miedo!