domingo, 23 de diciembre de 2007

pesadilla antes de navidad: un cuento





un cuento antes de navidad (para, por, según y sobre)... escrito bajo los influjos del miedo, la luz y algún medicamento. y que ya suben al especial el miedo del departamento de español de rutgers university... (todo escrito antes de ver m: el vampiro de dusseldorf, de fritz lang)



ruina de la poetisa escaladora


mi plan es hipotéticamente comenzar por el principio.
y el principio es la creación. y por ende el fin de todo.
¿quién iba a desaparecer? ¿ella o yo?

hay pájaros negros de pico rojo observando qué hago o qué dejo de hacer.
son pájaros que sueñan con mi desaparición. los manda la poetisa-escaladora de españa.

en fin, temas paralelos.


aunque camino por las calles mirando si viene un automóvil a toda velocidad, e intento no hacer deporte-aventuras, igual me viene la angustia. a veces me ducho con la cortina corrida. miro por entre el vapor quién me viene a visitar a todas las horas. y me cepillo los dientes mirándome al espejo y duermo con alarma anti-apnea.
me tomo la temperatura seis veces al día.

una noche estaba intentando perseguir a los niños suicidas de la esquina de mi casa. los okupa que vienen a pedirme tazas de azúcar y garbanzos a las 3am. puse mi rostro en la biblia y me salvé.
ahí comenzó la historia verdadera. ese día de la taza de azúcar y no de la poeta escaladora. supongo. quién sabe.

pero yo no desaparecí del todo. a pesar de que ellos me tiraban maleficios porque no les daba azúcar. los pájaros me maldecían también con el movimiento de sus alas. piaban en mi balcón. y se me apretaba el pecho y me imaginaba las pestes y las enfermedades de esos días. y tuve que ir a urgencia tres noches seguidas, para verificar si tenía sarna u hongos pegados en las manos y pies. una oruga en la guata alimentándose o una de esas solitarias.

después me escondí de los pájaros. del graznido. me metí al closet durante tres días. y cerré los ojos. sudé.
los okupas siguieron tocando el timbre de mi piso y no les abrí. luego se apropiaron del verbo okupar. me lo habían advertido en las mañanas de mercado. cerrándome el ojo izquierdo, me dijeron que me cuidara.
soltaron la chapa.
sonó el teléfono fijo y el móvil. números privados. la chapa se movía. los pájaros hacían ese sonido autista. yo corría entre los espejos de la casa y el closet. los okupas entraron y se comían mis garbanzos.
todos eran enviados, seguro.
oriné en la bacinica: gris, pardo, rojizo oscuro.

me había puesto en el camino de su propio problema público. ser poeta de una vez, sin depender de los amantes. y en los sueños aparecía con un rostro dulce. de muñeca.
yo me tapaba la cara y le decía vete, a una sombra que apareció bajo la mesa cuando almorzaba una sopa de acelga. la sombra se fue escalando ventana arriba.
por la noche apareció ella en la puerta de mi habitación. (incluso, un amigo chileno me dijo que no dijera habitación, que era mal visto, que dijera pieza, a lo chileno).
cerré los ojos para no verla. me estaba causando enfermedades mentales. así como comer tierra o reptar en mi piso desnuda, chupando un hueso de pollo, siendo que soy vegetariana.

la puse mirando para otro lado (en mi cabeza). con los pájaros picoteándole la nariz. así iba a salvarme de la persecución. y los okupas rasgándole los cueros.
iba a cortarle la nariz picoteada, como lo hace gogol en tres novelitas burguesas.
la puse mirando para el oeste y ella lloró en mi cabeza, pero seguía llamándome y diciéndome que había llegado mi hora.
me cagué en los calzones. y sentí el olor a pozo sin fin.
le dije que me dejara de perseguir con forma de pájaro y de okupa y de niña.
la puse así arrodillada (en mi cabeza). ella seguía en la ventana hablando en versos y ensayando el decálogo de la poeta escaladora.
me juró que yo no estaba a salvo de desaparecer. que ella era los pájaros y los okupas y los cueros rasgados y la piel quemada y mis hongos y mi orina y mi sexo y que en fin, que era todo. que no iba a dejarme. que el decálogo se lo impedía. y le puse la cabeza para otro lado (en mi cabeza) y me pegó un manotazo. sentí olor a azufre. ella gritó unos versos espantosos. con lengua de trapo. sudé helado. vestía de rojo. me encandilaba. vomité sin proponérmelo. perdí la conciencia con su olor ruin. desperté. hice una larga llamada telefónica y supe que la poetisa escaladora agonizaba en un lugar de españa.

fotografía de rosa apablaza